Acompaño a personas que sienten que ya han hecho mucho para estar mejor, pero algo dentro sigue doliendo.
Mi enfoque integra la terapia sistémica desde una visión del trauma y el apego para ayudarte a recuperar tu equilibrio y vivir con más calma y sentido.
Acompaño a personas que sienten que ya han hecho mucho para estar mejor, pero algo dentro sigue doliendo.
Mi enfoque integra la terapia sistémica desde una visión del trauma y el apego para ayudarte a recuperar tu equilibrio y vivir con más calma y sentido.
Toda la formación que he ido incorporando a lo largo de los años tiene un mismo propósito: acompañar mejor. Comprender más. Escuchar más allá de lo evidente. Ayudar a cada persona a encontrar sentido a lo que vive y recursos para transformarlo.
Trabajo desde una mirada integradora porque no creo en procesos rígidos ni en respuestas idénticas para todo el mundo. Cada persona tiene una historia, unos vínculos, unas heridas, unos ritmos y unas necesidades diferentes.
Por eso, mi acompañamiento busca adaptarse a ti, a tu proceso y a lo que de verdad necesitas en este momento de tu vida.
Cuando elegí dedicarme a acompañar personas en sus procesos terapéuticos, lo hice también desde mi propia historia. Desde mis preguntas, mis cambios, mis procesos y mi manera de intentar comprender la vida.
Creo profundamente que acompañar no consiste sólo en conocer teorías o herramientas, sino también en haber recorrido ciertos caminos por dentro. En haber mirado la propia sombra. En haber atravesado preguntas difíciles. En haber aprendido a sostener la complejidad humana con más verdad y menos juicio.
Como decía Carl Jung:
“Conocer tu propia oscuridad es el mejor método para enfrentarte a la oscuridad de los demás”.
Esa frase me ha acompañado durante muchos años, y sigue resonando en mi forma de entender la terapia.
Soy madrileña de nacimiento, con raíces asturianas y andaluzas. Desde muy pequeña, el movimiento, los cambios y la necesidad de adaptación han formado parte de mi historia.
Durante la infancia viví unos años en un pequeño pueblo de Extremadura, una etapa que recuerdo con muchísimo cariño. Más tarde regresé a Madrid, y esa vuelta me enseñó, incluso sin poder nombrarlo todavía, que adaptarse no siempre es fácil y que los cambios dejan huella.
Con el tiempo llegaron otras experiencias profundamente transformadoras, como la maternidad y, más adelante, una mudanza internacional que marcaría un antes y un después en mi vida.
La experiencia migratoria me enseñó a soltar, a reconstruirme y a encontrar nuevas raíces.
Regresar a casa no siempre significa volver al mismo lugar. Tener un espacio para nombrarlo y procesarlo puede marcar la diferencia.





